La Biblia no ocultó estas historias.
Quizá nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
Juciane Festa
Fundadora & CEO Grupo Shalem
De Saúl y Ajitófel a Elías, Job y Judas: qué dicen los relatos bíblicos sobre quienes desearon morir y qué pueden enseñarnos hoy sobre escuchar, acompañar y prevenir
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una iniciativa organizada por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) y copatrocinada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En 2026 concluye el ciclo iniciado en 2024 bajo el lema «Cambiar la narrativa sobre el suicidio», acompañado de una invitación tan sencilla como trascendente: iniciar la conversación.
Hablar.
Escuchar.
Romper el silencio.
¿Puede un conjunto de textos escritos hace más de dos mil años aportar algo a esta conversación?
La Biblia no conoce la psicología ni la psiquiatría contemporáneas. Sus autores no hablan de depresión, trauma, ansiedad o conducta suicida utilizando nuestras categorías clínicas. Sería metodológicamente incorrecto diagnosticar retrospectivamente a sus personajes.
Sin embargo, la Biblia conoce muy bien el lenguaje del sufrimiento humano.
En sus páginas encontramos personas que pierden la esperanza, que desean no haber nacido, que piden a Dios morir y, en algunos casos, que provocan deliberadamente su propia muerte.
Moisés pide morir.
Job maldice el día de su nacimiento.
Elías exclama: «¡Basta ya!»
Jeremías lamenta haber salido del vientre materno.
Jonás afirma que prefiere morir.
Abimélec pide que lo maten.
Sansón decide morir junto con sus enemigos.
Saúl cae sobre su propia espada.
Ajitófel pone sus asuntos en orden y se ahorca.
Zimrí incendia el palacio sabiendo que morirá dentro.
Judas reconoce su culpa, devuelve las monedas y se quita la vida.
La Biblia no ocultó estas historias.
Quizá nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
¿Podemos hablar de «suicidio» en la Biblia?
Antes de recorrer estos relatos es necesaria una precaución.
Nuestra palabra suicidio pertenece a un universo conceptual distinto del de los autores bíblicos. En las sociedades antiguas, una muerte voluntaria podía estar relacionada con categorías como honor, vergüenza, derrota militar, venganza, fidelidad, culpa o sacrificio.
Por eso no todas las muertes autoinfligidas narradas en la Biblia pueden interpretarse automáticamente como equivalentes del suicidio contemporáneo.
Sansón no es Judas.
Saúl no es Ajitófel.
Y Elías, que expresa su deseo de morir, no provoca su propia muerte.
Los textos tampoco ofrecen diagnósticos psicológicos de sus protagonistas.
Precisamente por eso debemos permitir que cada relato hable desde su propio contexto antes de preguntarnos qué puede suscitar en nosotros como lectores del siglo XXI.
Las muertes autoinfligidas en la Biblia
Abimélec: morir antes que cargar con la vergüenza. Jueces 9:50–54
Abimélec intenta conquistar Tebes cuando una mujer arroja desde una torre una piedra superior de molino que le fractura el cráneo.
Está mortalmente herido.
Pero aquello que parece preocuparlo inmediatamente no es solamente morir, sino cómo será recordada su muerte.
Llama rápidamente al joven que porta sus armas y le ordena que saque su espada y lo mate para evitar que posteriormente se diga:
«Una mujer lo mató».
El joven lo atraviesa y Abimélec muere.
Estamos ante una muerte solicitada, pero su contexto cultural es fundamental.
La preocupación del personaje está vinculada al honor y la vergüenza, categorías esenciales dentro de muchas sociedades del antiguo Mediterráneo y del Cercano Oriente.
No estamos ante una descripción de desesperación psicológica en el sentido moderno.
Estamos ante un hombre que sabe que va a morir y quiere controlar la narrativa de su propia muerte.
Sansón: «Muera yo con los filisteos». Jueces 16:23–30
El caso de Sansón resulta todavía más complejo.
Capturado por los filisteos, cegado y humillado públicamente, Sansón es llevado al templo de Dagón durante una gran celebración.
Allí pide a Dios recuperar su fuerza una última vez.
Después pronuncia unas palabras inequívocas: «Muera yo con los filisteos».
Empuja las columnas centrales y provoca el derrumbe del edificio, muriendo junto con numerosas personas.
Desde una perspectiva puramente descriptiva, Sansón realiza deliberadamente una acción sabiendo que ocasionará también su propia muerte.
Sin embargo, el narrador bíblico inserta el acontecimiento dentro de una historia de guerra, venganza y enfrentamiento entre Israel y los filisteos.
El texto incluso interpreta su muerte dentro de la misión que había caracterizado su vida.
Por eso, reducir el episodio simplemente a la categoría moderna de suicidio eliminaría buena parte de su complejidad literaria y teológica.
Saúl: la derrota y el miedo a lo que viene. 1 Samuel 31:1–6
La muerte del primer rey de Israel ocurre en el campo de batalla.
Los filisteos derrotan al ejército israelita. Los hijos de Saúl han muerto y el propio rey ha sido gravemente herido.
Entonces ordena a su escudero que saque la espada y lo atraviese, temiendo que los enemigos lo capturen y se ensañen con él.
El escudero se niega.
Saúl toma entonces su propia espada y cae sobre ella.
Cuando el escudero ve que su rey ha muerto, hace lo mismo.
Nuevamente encontramos una muerte voluntaria dentro de un contexto de derrota militar, miedo a la captura y humillación.
Y resulta significativo que el narrador bíblico relate la escena con enorme sobriedad.
No se detiene a elaborar un tratado moral acerca del acto.
Cuenta una tragedia.
Ajitófel: poner la casa en orden antes de morir. 2 Samuel 17:23
Quizá uno de los relatos más inquietantes de toda la Biblia sea también uno de los más breves.
Ajitófel había sido consejero del rey David, pero durante la rebelión de Absalón decidió apoyar al hijo rebelde.
Su consejo gozaba de enorme prestigio.
Sin embargo, Absalón rechaza una de sus recomendaciones estratégicas.
Entonces sucede algo sorprendente.
Cuando Ajitófel comprende que su consejo no ha sido seguido, monta su asno, regresa a su ciudad, entra en su casa y pone sus asuntos en orden.
Después se ahorca.
No hay un gran discurso.
No existe una explicación psicológica.
El texto no describe sus últimas emociones.
Simplemente organiza aquello que deja detrás y muere.
La extrema sobriedad de la narración hace que el episodio resulte todavía más perturbador.
Zimrí: siete días de reinado. 1 Reyes 16:15–20
Zimrí llega al poder después de asesinar al rey Elá.
Su reinado dura apenas siete días.
Cuando comprende que la ciudad ha sido tomada y que su derrota es inevitable, entra en la fortaleza del palacio real, prende fuego al edificio y muere dentro.
Otra vez encontramos una muerte deliberada vinculada a un contexto político y militar.
Y nuevamente comprobamos algo fundamental:
la Biblia no presenta una única historia de muerte autoinfligida.
Las circunstancias son distintas.
Las motivaciones narrativas son distintas.
Los personajes son distintos.
Y entonces llegamos al episodio más conocido del Nuevo Testamento.
Judas Iscariote: cuando la culpa parece no tener futuro.Mateo 27:3–5
La historia de Judas posee una característica que la diferencia profundamente de muchas de las anteriores.
No estamos en un campo de batalla.
No hay un enemigo a punto de capturarlo.
No está intentando evitar una derrota militar.
Estamos frente a la conciencia de haber hecho algo que considera terrible e irreversible.
Mateo relata que, cuando Judas comprende que Jesús ha sido condenado, siente pesar por lo sucedido.
Aquí aparece un detalle lingüístico interesante.
Mateo utiliza el verbo griego relacionado con metamélomai (μεταμέλομαι), que puede expresar pesar, lamentación o arrepentimiento por una acción realizada.
El evangelista no utiliza aquí metanoéō, el verbo que frecuentemente traducimos como «arrepentirse» en el sentido de una transformación o cambio profundo.
Pero sería un error construir una diferencia teológica absoluta a partir de los dos vocablos. El griego antiguo permite cierta superposición semántica entre ellos.
Lo indudable es que Mateo presenta a Judas lamentando profundamente aquello que ha hecho.
Devuelve las treinta monedas de plata.
Y pronuncia una frase fundamental:
«He pecado entregando sangre inocente».
Judas reconoce su responsabilidad.
Intenta devolver aquello que recibió.
Verbaliza su culpa.
Pero hay algo más.
Judas habla.
Se dirige a otras personas.
Expresa lo que ha hecho y aquello que siente frente a sus consecuencias.
Y recibe una respuesta extraordinariamente fría: «¿A nosotros qué? Tú verás».
Judas arroja las monedas en el Templo.
Sale.
Y Mateo concluye diciendo que se ahorcó.
Debemos ser extremadamente cuidadosos en este punto.
No podemos afirmar que la respuesta de los sacerdotes haya «causado» la muerte de Judas. El suicidio es un fenómeno complejo y sería irresponsable trasladar una relación causal moderna a un relato antiguo que no la establece.
Pero desde el punto de vista literario, Mateo ha colocado ambas escenas inmediatamente conectadas.
Un hombre verbaliza su culpa.
Quienes lo escuchan responden, en esencia:
Es asunto tuyo.
Y el hombre se marcha solo.
Dos mil años después, resulta difícil leer esa escena sin sentir la enorme fuerza de la pregunta que deja detrás.
¿Cómo murió Judas?
Hay además una complejidad textual que merece ser mencionada.
El Nuevo Testamento conserva dos tradiciones sobre la muerte de Judas.
Mateo 27 relata que se ahorcó después de devolver las treinta monedas.
Hechos 1:18, en cambio, describe que Judas adquirió un campo con el pago de su iniquidad y que, al caer, su cuerpo se abrió.
A lo largo de los siglos se han realizado numerosos intentos por armonizar ambas narraciones.
Pero desde una perspectiva literaria resulta más prudente reconocer que Mateo y Hechos preservan tradiciones diferentes sobre el final de Judas.
Para nuestra reflexión, el relato de Mateo resulta particularmente significativo porque conecta explícitamente su muerte con la escena de las monedas, su confesión y la respuesta de las autoridades.
Pedro y Judas: dos hombres después de haber fallado
Existe además un contraste extraordinario dentro del propio Evangelio de Mateo.
Inmediatamente antes de la historia de Judas encontramos a Pedro.
Pedro había asegurado que jamás abandonaría a Jesús.
Sin embargo, cuando Jesús es arrestado, niega tres veces conocerlo.
Entonces canta el gallo.
Pedro recuerda las palabras de Jesús.
Y Mateo dice: «Y saliendo fuera, lloró amargamente». Mateo 26:75
Pedro también ha fallado.
Pedro también comprende lo que ha hecho.
Pedro también experimenta un dolor profundo.
Judas dice: «He pecado».
Pedro: «lloró amargamente».
Dos discípulos.
Dos fracasos.
Dos experiencias de culpa.
Dos desenlaces radicalmente diferentes.
Sería demasiado simple convertir la diferencia en una fórmula: uno tuvo fe y el otro no.
El texto permite plantear una pregunta humana quizá todavía más profunda:
¿Qué ocurre cuando una persona deja de imaginar que existe un después?
El arrepentimiento solamente puede proyectarse hacia adelante si todavía existe alguna posibilidad de futuro.
La desesperación, en cambio, puede encerrar al ser humano dentro de un presente que parece definitivo.
Pero la Biblia conserva también historias de personas que dijeron que querían morir y, sin embargo, continuaron viviendo.
Y quizá sean precisamente esas historias las que más pueden hablarnos hoy.
«Quítame la vida»: quienes desearon morir
Moisés: «No puedo yo solo» Números 11:10–17
Resulta difícil imaginar una figura bíblica más importante que Moisés.
Y, sin embargo, llega un momento en que no puede continuar cargando solo con aquello que se espera de él.
La responsabilidad de conducir al pueblo se ha vuelto insoportable.
Moisés dice a Dios: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, porque es demasiado pesado para mí».
Y después formula una petición extrema: si esto va a continuar así, pide morir.
Es una confesión extraordinaria.
El hombre del éxodo.
El hombre del Sinaí.
El gran legislador de Israel.
Dice: No puedo hacerlo solo.
¿Y cuál es la respuesta?
Dios ordena reunir setenta ancianos para que compartan con él la carga.
El relato no responde simplemente:
«Sé más fuerte».
Responde:
No tienes por qué cargar con todo tú solo.
Miles de años después, la intuición conserva una fuerza extraordinaria.
Elías: «¡Basta ya!» 1 Reyes 19:1–8
Y llegamos a la frase que da título a esta reflexión.
Elías acaba de atravesar uno de los episodios más dramáticos de su misión profética.
Después recibe una amenaza de muerte de Jezabel.
Huye.
Camina por el desierto.
Finalmente se sienta bajo un arbusto.
Y dice: «¡Basta ya, YHWH! Quítame la vida».
Después se acuesta.
Y duerme.
Lo que ocurre a continuación es extraordinario.
Un mensajero se acerca y lo toca.
Pero no comienza con una explicación teológica.
No lo reprende.
No le pregunta cómo puede sentirse así después de todo lo que Dios ha hecho por él.
No le dice que tenga más fe.
Le ofrece alimento.
«Levántate y come».
Elías come.
Bebe.
Y vuelve a acostarse.
El mensajero regresa.
Lo toca otra vez.
Y nuevamente le ofrece alimento.
Solo después continuará el camino.
Antes del discurso está el alimento.
Antes de la misión está el descanso.
Antes de exigirle que vuelva a levantarse, alguien reconoce que está exhausto.
Se acerca.
Lo toca.
Lo alimenta.
Permanece.
Es difícil encontrar una imagen bíblica más sencilla y al mismo tiempo más profundamente humana del cuidado.
Job: «¿Por qué no morí al nacer?»
Job no provoca su propia muerte.
Pero sus palabras constituyen uno de los discursos de desesperación más radicales de toda la literatura bíblica.
Ha perdido a sus hijos.
Ha perdido sus bienes.
Su cuerpo está herido.
Y finalmente abre la boca.
No comienza alabando.
Maldice el día de su nacimiento.
Pregunta por qué no murió desde el vientre materno.
Habla de aquellos que esperan la muerte y esta no llega.
Job dice cosas que probablemente incomodarían a muchas comunidades religiosas contemporáneas.
Y, sin embargo, la Biblia no las censuró.
No eliminó su grito.
No corrigió inmediatamente sus palabras antes de conservarlas.
Las convirtió en parte de la Escritura.
Hay algo profundamente significativo en ello: el sufrimiento puede hablar.
Jeremías: «Maldito el día en que nací» Jeremías 20:14–18
También un profeta puede llegar al límite.
Jeremías pronuncia: «Maldito el día en que nací».
Y termina preguntándose para qué salió del vientre materno si habría de contemplar sufrimiento y dolor.
Otra vez, la Biblia permite que uno de sus grandes personajes religiosos pronuncie palabras de desesperación extrema.
No porque la desesperación sea el ideal.
Sino porque forma parte de la experiencia humana.
La fe bíblica no siempre elimina el grito.
A veces simplemente permite que el grito exista.
Jonás: «Mejor me es la muerte que la vida»
El caso de Jonás es diferente.
Después de predicar en Nínive, contempla cómo Dios decide perdonar a la ciudad.
Jonás se enfurece.
Y pide morir: «Mejor me es la muerte que la vida».
Más adelante vuelve a expresar su deseo de morir.
Pero Dios continúa hablando con él.
Le pregunta.
Le responde.
Lo confronta.
La conversación permanece abierta.
Jonás quiere terminar.
Dios continúa dialogando.
No existe un único rostro de la desesperación
Cuando colocamos todos estos relatos juntos aparece algo extraordinario.
No existe en la Biblia un único perfil de persona que llega al límite.
Hay reyes.
Profetas.
Guerreros.
Consejeros.
Discípulos.
Personajes centrales de la historia bíblica.
Algunos están derrotados.
Otros agotados.
Otros sienten vergüenza.
Otros culpa.
Otros ira.
Otros han perdido aquello que daba sentido a su existencia.
Algunos mueren.
Otros continúan viviendo.
Esta diversidad debería impedirnos cometer uno de los errores más peligrosos cuando alguien atraviesa una crisis: creer que sabemos exactamente por qué se siente así.
De Judas a Elías: dos maneras de responder al sufrimiento
Volvamos ahora a dos escenas.
Elías dice: «¡Basta ya!»
Y alguien se acerca.
Judas dice: «He pecado».
Y escucha: «¿A nosotros qué?»
Debemos insistir: no estamos comparando clínicamente a ambos personajes ni afirmando que las respuestas que recibieron determinaron sus respectivos destinos.
Estamos realizando una lectura literaria y ética de dos escenas bíblicas.
Y desde esa perspectiva el contraste es extraordinario.
Ante alguien que ha llegado a su límite podemos:
Acercarnos o podemos desentendernos.
Podemos escuchar o podemos juzgar.
Podemos permanecer o podemos decir: «Es asunto tuyo».
Y aquí la antigua narración bíblica se encuentra inesperadamente con el lema del Día Mundial para la Prevención del Suicidio de 2026:
INICIAR LA CONVERSACIÓN
¿Cuál debería ser nuestro papel hoy?
La prevención del suicidio no corresponde exclusivamente a psicólogos, psiquiatras o instituciones sanitarias.
La atención profesional es indispensable, pero alrededor de una persona existen también familiares, amigos, compañeros de trabajo, maestros, comunidades religiosas y personas que pueden detectar que algo está ocurriendo.
Nuestro papel no consiste en convertirnos en terapeutas improvisados.
Consiste, en primer lugar, en no mirar hacia otro lado.
Si una persona dice que no quiere vivir, que los demás estarían mejor sin ella, que no encuentra razones para continuar o que está pensando en quitarse la vida, debemos tomar esas palabras en serio.
Preguntar directamente:
«¿Estás pensando en suicidarte?» no «introduce» la idea en la mente de alguien.
Hablar abiertamente puede permitir que la persona exprese aquello que estaba viviendo en silencio.
Escuchar puede convertirse en el primer puente hacia la ayuda.
Lo que no deberíamos decir
Hay frases pronunciadas con buena intención que pueden aumentar la sensación de incomprensión:
«Tienes que ser fuerte».
«Hay gente que está mucho peor».
«Todo pasa».
«Échale ganas».
«Piensa en todo lo bueno que tienes».
Y en contextos religiosos puede aparecer algo todavía más doloroso:
«Te falta fe».
Una crisis suicida no es una prueba de inferioridad espiritual.
La espiritualidad puede ofrecer comunidad, esperanza, sentido y acompañamiento, pero no debería utilizarse para convertir el sufrimiento psicológico en culpa religiosa.
La fe no sustituye la atención profesional
Un rabino, sacerdote, pastor, imam, maestro o acompañante espiritual puede desempeñar un papel extraordinariamente valioso.
Puede escuchar.
Puede permanecer.
Puede acompañar.
Puede ayudar a reconstruir sentido.
Pero una crisis suicida requiere atención profesional adecuada.
Fe, psicología y psiquiatría no necesitan convertirse en adversarias.
Pueden acompañarse.
Y reconocer que necesitamos ayuda tampoco contradice la espiritualidad.
Quizá el propio relato de Moisés nos proporcione una de las imágenes más antiguas de esta verdad:
la carga era demasiado pesada para llevarla solo.
La solución fue compartirla.
Si alguien nos dice «no puedo más»
No necesitamos tener una respuesta perfecta.
Podemos escuchar sin juzgar.
Podemos preguntar directamente qué está sintiendo.
Podemos ayudar a contactar a un profesional.
Podemos ofrecernos a acompañarlo.
La prevención no termina necesariamente con una conversación.
A veces acompañar significa también volver al día siguiente.
«¿A nosotros qué?»
Regresemos por última vez a Judas.
Hay algo profundamente incómodo en las palabras que escucha antes de marcharse:
«¿A nosotros qué?»
Quizá, dos mil años después, esa pregunta pueda convertirse en la pregunta central de nuestra reflexión.
¿Nos corresponde hacer algo frente al sufrimiento del otro?
Sí.
Nos corresponde.
Nos corresponde escuchar.
Nos corresponde prestar atención cuando alguien dice que no puede más.
Nos corresponde no minimizar su sufrimiento.
Nos corresponde no convertir su dolor en falta de fe.
Nos corresponde acompañar sin pretender poseer todas las respuestas.
Nos corresponde reconocer cuándo necesitamos pedir ayuda profesional.
Nos corresponde permanecer cerca.
Porque probablemente nunca conozcamos por completo la batalla que está librando la persona que tenemos delante.
El Día Mundial para la Prevención del Suicidio no debería ser únicamente una fecha para recordar a quienes murieron.
También debería ser una ocasión para mirar a quienes hoy están intentando permanecer vivos.
La Biblia no nos proporciona un manual contemporáneo de prevención del suicidio.
Pero conserva algo extraordinariamente humano:
las voces de personas que, hace miles de años, pronunciaron palabras que todavía podemos escuchar hoy:
«No puedo yo solo».
«Mejor me es la muerte que la vida».
«¿Por qué nací?»
«¡Basta ya!»
La Biblia permitió que esas voces quedaran escritas.
Quizá nuestra responsabilidad comience precisamente allí: permitiendo que quien hoy pronuncia palabras semejantes también pueda ser escuchado.
Y cuando alguien nos diga:
«No puedo más»,
que nuestra respuesta nunca sea:
«¿A mí qué?»
Sino:
«Estoy aquí. No tienes que atravesar esto solo. Vamos a buscar ayuda».
Los pensamientos suicidas deben tomarse siempre en serio. Hablar de ellos y buscar atención profesional puede abrir una posibilidad de ayuda.
Buscar ayuda no es fracasar.
A veces, como ocurrió con Moisés, la carga simplemente se ha vuelto demasiado pesada para llevarla solo.
Y nadie debería tener que hacerlo.
