Por Juciane Festa
En el marco del Día Internacional del Libro, celebramos no solo a los autores y las obras, sino también a los lectores: esos viajeros silenciosos que mantienen viva la memoria del mundo. En ese espíritu, quiero compartir una lectura que es, en sí misma, un homenaje a la historia de los libros: El infinito en un junco (2019), de la escritora española Irene Vallejo.
En abril de 2025, durante la semana de lanzamiento del libro CURATOR: El legado de Adolfo Roitman, realizamos una presentación en una de las librerías Gandhi de la Ciudad de México. Al concluir el evento, el Dr. Adolfo Roitman tuvo la generosidad de obsequiarme El infinito en un junco, gesto que agradezco profundamente por su significado.
Su lectura ha sido un verdadero deleite: es un libro que se disfruta, que enseña y que invita a subrayar cada página con entusiasmo. Por ello, lo recomiendo especialmente a nuestros estudiantes. Quien se adentre en sus páginas no solo descubrirá la fascinante historia de los libros, sino que también comprenderá con mayor profundidad el privilegio —y la responsabilidad— de ser lector en nuestros días.
Vivimos rodeados de textos: mensajes instantáneos, pantallas, bibliotecas digitales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en la larga y frágil cadena de esfuerzos que permitió que las palabras atravesaran los siglos. Cada libro que hoy abrimos es el resultado de innumerables manos que lo escribieron, copiaron, escondieron, tradujeron o imprimieron. La obra de Vallejo nos invita precisamente a recuperar esa conciencia: la de pertenecer a una tradición milenaria de guardianes de la palabra.
¿Qué tienen en común un escriba egipcio, un poeta griego, un monje medieval y un lector moderno? Todos participan de una misma aventura: la transmisión de la palabra escrita. El título alude al papiro —el “junco” del Nilo— sobre el que se redactaron algunos de los primeros textos de la humanidad. Desde allí, Vallejo nos conduce por un viaje fascinante: la invención de la escritura, el nacimiento de las bibliotecas, los rollos y códices, la llegada del pergamino y el papel, la persecución de libros considerados peligrosos y la silenciosa pero decisiva labor de quienes los copiaron y protegieron frente al olvido.
A lo largo de sus páginas descubrimos que la historia del libro no es lineal ni segura: está hecha de incendios, saqueos, censuras, fanatismos y también de valentías discretas. Bibliotecas destruidas, manuscritos escondidos bajo túnicas, traducciones clandestinas, impresores perseguidos. Cada texto que sobrevivió lo hizo contra probabilidades asombrosas. Leer, entonces, es también recibir una herencia rescatada del naufragio del tiempo.
Más que una historia técnica del libro, esta obra es una celebración de la lectura como acto profundamente humano. Cada página recuerda que los textos que hoy leemos existen gracias a generaciones de escribas, traductores, maestros, impresores y lectores que sostuvieron la memoria colectiva frente a guerras, censuras y exilios.
Vallejo escribe con una prosa que combina rigor histórico y sensibilidad literaria. No se limita a narrar datos: revive escenas, recrea atmósferas, hace dialogar épocas. Nos permite imaginar el polvo de las bibliotecas antiguas, el silencio de los scriptoria medievales, la ansiedad de los primeros lectores que descubrieron que podían llevar un libro en las manos en lugar de cargar un rollo. Así, comprendemos que cada avance material en la forma del libro transformó también la forma de pensar, de estudiar y de imaginar el mundo.
Con erudición y sensibilidad literaria, Vallejo entrelaza pasado y presente: Homero y Safo dialogan con Alejandro Magno, Cleopatra, monjes medievales y editoras modernas. El resultado es un relato vivo que nos muestra que leer siempre ha sido una forma de resistencia frente al olvido.
En tiempos donde la información parece efímera y acelerada, este libro nos recuerda que la lectura lenta, atenta y amorosa es una práctica casi sagrada. Leer no solo transmite conocimientos: crea comunidad entre los vivos y los muertos, entre culturas y generaciones. Cada lector se convierte, consciente o no, en un eslabón más de una cadena milenaria.
