Por Juciane Festa
El Día Mundial de la Justicia Social tiene un origen reciente, pero responde a una preocupación histórica profunda: la desigualdad y la exclusión como obstáculos para la dignidad humana. Desde sus inicios, esta conmemoración busca visibilizar que no puede haber sociedades verdaderamente humanas sin condiciones reales de equidad y participación.
Origen
La fecha fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 26 de noviembre de 2007, mediante la Resolución 62/10, que estableció el 20 de febrero como el Día Mundial de la Justicia Social. Su observancia comenzó formalmente en los años siguientes, como parte de los compromisos internacionales en materia de desarrollo humano y derechos sociales.
La ONU reconoció que la justicia social es una condición indispensable para la paz, el desarrollo sostenible y la convivencia entre los pueblos. No puede haber estabilidad duradera —ni económica ni política— en sociedades marcadas por profundas desigualdades.
Contexto histórico
La idea de justicia social no nace en el siglo XXI. Sus raíces se encuentran en procesos históricos más amplios, entre ellos:
- Las luchas obreras del siglo XIX frente a la explotación industrial.
- El desarrollo del pensamiento social, político y religioso que cuestionó sistemas que concentraban la riqueza y el poder.
- La consolidación de los derechos humanos, especialmente los derechos económicos, sociales y culturales, a lo largo del siglo XX.
Después de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de la ONU y de organismos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la justicia social comenzó a entenderse como una responsabilidad global, y no solo como una cuestión nacional o sectorial.
Sentido y objetivos
El Día Mundial de la Justicia Social busca:
- Combatir la pobreza, la exclusión y la discriminación.
- Promover el trabajo digno y la igualdad de oportunidades.
- Garantizar el acceso equitativo a la educación, la salud y la participación social.
Más que una conmemoración simbólica, este día invita a revisar estructuras, políticas y prácticas que perpetúan la desigualdad y a asumir la justicia como un compromiso activo.
Una mirada ética
La justicia social no se reduce a la distribución de recursos. Implica reconocer la dignidad de cada persona y crear condiciones reales para que todos puedan vivir con plenitud. En este sentido, conecta profundamente con tradiciones éticas y espirituales que conciben la justicia como cuidado del otro y responsabilidad colectiva.
El Día de la Justicia Social nos recuerda que la equidad no es una concesión, sino un deber, y que una sociedad verdaderamente humana se mide por cómo trata a quienes se encuentran en mayor vulnerabilidad.
Una mirada desde Shalem
Hablar de justicia social es hablar de la dignidad humana en todas sus dimensiones. No se trata únicamente de leyes, estructuras o sistemas económicos, sino de la posibilidad real de que cada persona pueda vivir con sentido, cuidado y pertenencia. En este horizonte, la justicia social se convierte en un camino hacia la plenitud humana.
La tradición bíblica ofrece una clave profunda para comprender esta relación a través del concepto hebreo שָׁלֵם (Shalem). Esta palabra, que comparte raíz con shalom, no significa solo “paz” como ausencia de conflicto, sino integridad, completitud, equilibrio y bienestar pleno. Ser shalem es ser entero: en lo personal, en lo comunitario y en lo espiritual.
Desde esta perspectiva, la justicia social no es un añadido externo a la vida humana, sino una condición necesaria para su realización plena. No puede haber plenitud cuando existen exclusión, pobreza estructural, violencia o desigualdad. Una sociedad que tolera estas fracturas es una sociedad incompleta, no shalem.
En la Biblia, la justicia (tzedek y mishpat) está inseparablemente ligada al cuidado del otro, especialmente del más vulnerable: el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero. La justicia no es solo castigo o corrección, sino responsabilidad compartida, el compromiso activo de crear condiciones donde la vida pueda florecer.
Así, la plenitud humana no se concibe como un logro individual aislado, sino como una experiencia comunitaria. Nadie puede ser plenamente shalem en una sociedad rota. El bienestar personal está profundamente entrelazado con el bienestar colectivo.
Pensar la justicia social desde Shalem nos invita a revisar nuestras prácticas, nuestras prioridades y nuestras omisiones. Nos llama a construir relaciones más justas, economías más humanas y comunidades donde cada persona tenga un lugar y una voz, no como un ideal abstracto, sino como una tarea cotidiana.
En tiempos de fragmentación, volver a Shalem es recordar que la justicia no busca solo ordenar el mundo, sino sanarlo, y que la plenitud humana solo es posible cuando la justicia se convierte en un acto de cuidado, memoria y esperanza compartida.
Comunidades e inclusión
Desde esta perspectiva, la justicia social no puede pensarse sin comunidad. La exclusión —económica, social, cultural o simbólica— rompe el tejido social y genera sociedades fragmentadas, incapaces de sostener una vida digna para todos.
La inclusión no se limita a permitir la presencia del otro, sino a reconocerlo como parte activa de la comunidad, con voz, derechos y responsabilidades. Construir justicia social implica crear espacios donde las diferencias no sean motivo de marginación, sino una riqueza que fortalece el bien común.
Este enfoque coincide con los pilares del Instituto Shalem, que entiende la justicia social como una tarea comunitaria orientada a la plenitud humana. No puede haber plenitud en aislamiento, ni desarrollo auténtico sin vínculos solidarios. Una comunidad justa es aquella que cuida de sus miembros, especialmente de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad.
Sentido actual
El Día de la Justicia Social nos invita a revisar no solo políticas públicas y estructuras económicas, sino también nuestras prácticas cotidianas: cómo incluimos, cómo escuchamos y cómo construimos comunidad. La justicia deja de ser un concepto abstracto cuando se traduce en relaciones más humanas, solidarias y responsables.
Desde esta mirada, la justicia social no es un ideal lejano, sino un camino compartido hacia una sociedad más entera, más shalem, donde nadie quede fuera.
