Instituto Shalem

De la antigua fiesta de la cosecha a una de las celebraciones más significativas del judaísmo

Juciane Festa

Fundadora & CEO Grupo Shalem

Cuando pensamos en Sucot, inmediatamente aparece una imagen: una pequeña cabaña cubierta de ramas bajo el cielo.

Durante siete días, la tradición judía invita a abandonar parcialmente la seguridad de la casa y habitar la sucá, una construcción temporal que recuerda, según el libro de Levítico, el tiempo en que los israelitas vivieron en cabañas después de la salida de Egipto.

Pero la Biblia conserva una historia más compleja.

Porque Sucot no aparece siempre descrita de la misma manera.

En algunos de los textos bíblicos más antiguos, la festividad está relacionada principalmente con la tierra, la cosecha y el final del ciclo agrícola. En otros, adquiere una interpretación histórica: recordar la experiencia de Israel en el desierto.

Esta transformación nos permite observar algo fascinante: cómo una celebración agrícola pudo convertirse, con el paso del tiempo, en un poderoso ejercicio de memoria colectiva.

Antes de llamarse Sucot

Una de las referencias más antiguas a la festividad aparece en el libro del Éxodo.

Pero allí encontramos algo llamativo.

No se habla todavía de construir cabañas.

Se la denomina Jag HaAsif, la “Fiesta de la Recolección”.

“La fiesta de la recolección, a la salida del año, cuando recojas del campo el fruto de tu trabajo”. Éxodo 23:16

El escenario es claramente agrícola.

Después de meses de trabajo, llegaba el momento de recoger los últimos productos del campo y almacenarlos antes de la llegada de las lluvias.

Era el final de un ciclo.

La tierra había producido.

Los graneros estaban llenos.

Y la comunidad celebraba.

En otra tradición del libro del Éxodo vuelve a aparecer la misma denominación: la Fiesta de la Recolección.

Esto permite comprender que, en una de sus dimensiones más antiguas, Sucot estuvo profundamente vinculada al calendario agrícola de la antigua sociedad israelita.

Una religión marcada por las estaciones

Para comprender esta festividad debemos intentar imaginar un mundo muy diferente al nuestro.

En la sociedad agrícola del antiguo Israel, la supervivencia dependía directamente de fenómenos que el ser humano no podía controlar completamente.

La lluvia.

La fertilidad de la tierra.

Las estaciones.

La cosecha.

Una temporada de lluvias insuficientes podía significar hambre. Una buena cosecha representaba vida, continuidad y seguridad para la familia y la comunidad.

Celebrar la recolección no era, por tanto, una simple fiesta campestre.

Era reconocer que se había sobrevivido un año más.

Por eso Sucot quedó situada precisamente en un momento decisivo del calendario: cuando termina un ciclo agrícola y comienza la espera de las nuevas lluvias.

La alegría de la cosecha convivía inevitablemente con la incertidumbre sobre el futuro.

De la naturaleza a la historia

Sin embargo, cuando llegamos al libro de Levítico encontramos un elemento nuevo.

El texto ordena:

“En cabañas habitaréis siete días…”

Y ofrece una explicación:

“Para que sepan vuestras generaciones que en cabañas hice habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto”. Levítico 23:42–43

La festividad agrícola recibe ahora una memoria histórica.

Ya no se trata solamente de agradecer los frutos de la tierra.

Sucot comienza a recordar también un acontecimiento fundacional: el éxodo y la experiencia del desierto.

Este proceso resulta especialmente interesante desde una perspectiva histórica y literaria.

Una celebración vinculada originalmente al ritmo de la naturaleza queda integrada dentro de la gran narrativa de Israel.

La cosecha se convierte también en memoria.

El calendario agrícola se transforma en calendario histórico.

¿Vivieron realmente los israelitas en sucot?

Aquí aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos.

¿Qué eran exactamente aquellas “sucot” mencionadas en Levítico?

La palabra hebrea sukkah designa una estructura temporal: una choza, cobertizo o refugio construido con materiales vegetales.

Pero el propio relato del Éxodo no describe repetidamente a los israelitas construyendo cabañas durante sus desplazamientos por el desierto.

De hecho, la imagen habitual de la narración bíblica es la de un pueblo organizado alrededor de tiendas.

Esto ha llevado a preguntarse si la explicación de Levítico debe entenderse simplemente como una descripción histórica o si estamos frente a una reinterpretación religiosa de una práctica anterior.

Las cabañas también tenían perfecto sentido dentro del contexto agrícola.

Durante determinados trabajos del campo y de la cosecha, agricultores y trabajadores podían utilizar refugios temporales cerca de los cultivos.

Así, un elemento perteneciente al mundo agrícola pudo adquirir posteriormente un nuevo significado dentro de la memoria religiosa de Israel.

La misma estructura frágil podía recordar ahora algo mucho mayor:

el tiempo del desierto.

Cuando una fiesta cambia de significado

Este fenómeno no es exclusivo de Sucot.

Las tradiciones religiosas no permanecen inmóviles.

Conservan prácticas antiguas, pero las reinterpretan.

Un gesto puede sobrevivir durante siglos mientras cambia la explicación que una comunidad ofrece sobre él.

Sucot constituye un ejemplo extraordinario.

La tierra y la historia no se sustituyeron mutuamente.

Se superpusieron.

Por eso la festividad conserva hasta hoy ambas dimensiones.

Sucot habla de cosechas, frutos, ramas y lluvias.

Pero también habla de Egipto, del desierto, de Israel y de memoria.

Naturaleza e historia terminaron habitando la misma festividad.

Jerusalén y la gran fiesta

Con la centralización del culto en Jerusalén, Sucot adquirió además una dimensión nacional.

Deuteronomio la incluye entre las tres grandes fiestas de peregrinación, junto con Pesaj y Shavuot.

Miles de peregrinos podían acudir al lugar elegido para el culto llevando consigo el producto de la tierra.

Aquella antigua celebración de agricultores se transformó también en una experiencia colectiva.

Familias y comunidades se encontraban.

Se ofrecían sacrificios.

Se compartían alimentos.

Se celebraba la abundancia.

Y se reafirmaba una identidad común.

No sorprende, entonces, que Sucot llegara a ocupar un lugar extraordinariamente importante durante el período del Templo.

La fiesta que la Biblia llama simplemente “la Fiesta”

Existe incluso un detalle revelador.

En algunos textos bíblicos, Sucot alcanza tal importancia que puede aparecer sencillamente como “la Fiesta”.

El primer libro de Reyes, por ejemplo, sitúa la dedicación del Templo de Salomón durante la festividad del séptimo mes.

La asociación resulta profundamente significativa.

La antigua fiesta de la cosecha quedó vinculada al gran centro religioso de Jerusalén.

Pero siglos después ocurriría algo inesperado.

El Templo sería destruido.

Los sacrificios cesarían.

Las peregrinaciones rituales ya no podrían realizarse de la misma manera.

Y, sin embargo, Sucot sobreviviría.

Una pequeña construcción que sobrevivió a los imperios

Quizá aquí se encuentre una de las paradojas más hermosas de la festividad.

Los grandes edificios desaparecieron.

Los imperios desaparecieron.

El Templo fue destruido.

Pero la pequeña sucá sobrevivió.

Una construcción diseñada precisamente para ser temporal terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más duraderos de la tradición judía.

Cada año se construye.

Cada año se habita.

Y cada año se desmonta.

Su permanencia consiste, paradójicamente, en volver a ser construida.

Entre Yom Kipur y Sucot

Existe además un contraste extraordinario dentro del calendario judío.

Solo cinco días separan Yom Kipur de Sucot.

Primero llega el día de la introspección, el ayuno y la reparación.

Después llega una festividad definida por la alegría.

El movimiento es significativo.

Yom Kipur obliga al individuo a mirar hacia dentro.

Sucot lo devuelve al mundo.

A la familia.

A la comunidad.

A la comida.

A la naturaleza.

A la celebración.

Después de preguntarnos quiénes somos y qué debemos cambiar, Sucot plantea otra pregunta:

¿somos capaces de volver a alegrarnos con aquello que tenemos?

La paradoja de Sucot

Quizá la enseñanza más profunda de Sucot se encuentre precisamente en una paradoja.

La Torá ordena alegrarse mientras se habita una estructura frágil.

Desde nuestra lógica moderna parecería contradictorio.

Tendemos a asociar la felicidad con la seguridad.

Una casa sólida.

Un patrimonio.

Planes controlados.

Certezas sobre el futuro.

Sucot propone durante siete días exactamente lo contrario.

La sucá no elimina la incertidumbre.

La hace visible.

El techo permite contemplar el cielo.

Las paredes no pretenden ser eternas.

El viento puede atravesarlas.

Y precisamente allí aparece el mandato de alegrarse.

Quizá porque la alegría que propone Sucot no depende de imaginar que podemos controlar completamente nuestra existencia.

Depende de aprender a agradecer aun sabiendo que muchas cosas son transitorias.

De la cosecha a la memoria

Sucot comenzó profundamente ligada a la tierra.

Después fue asociada con el desierto.

Más tarde se convirtió en una de las grandes peregrinaciones a Jerusalén.

Sobrevivió a la destrucción del Templo.

Atravesó siglos de diáspora.

Y continúa celebrándose cada año.

Su historia muestra cómo las tradiciones pueden transformarse sin perder necesariamente sus capas anteriores.

Debajo de la sucá actual todavía podemos encontrar al agricultor que contemplaba su cosecha.

Al peregrino que caminaba hacia Jerusalén.

A la comunidad que recordaba el éxodo.

Y a generaciones enteras que construyeron una pequeña cabaña en lugares muy alejados de la tierra donde nació aquella tradición.

Tal vez por eso Sucot conserva una fuerza tan particular.

Nos recuerda que la memoria también se construye.

A veces con piedra.

A veces con palabras.

Y, en Sucot, con unas cuantas ramas bajo el cielo.