Por Juciane Festa
Fundadora del Instituto Shalem
Escribo estas líneas no solo como observadora de los hechos, sino como alguien que ha dedicado su vida al estudio, a proporcionar espacios para la enseñanza y el diálogo entre tradiciones religiosas y culturales. Desde ese lugar, no puedo sino expresar mi repudio absoluto a toda forma de violencia, ejercida contra cualquier persona, sin distinción de religión, origen o identidad.
Reconocer el contexto antisemita que hoy investigan las autoridades no implica reducir el dolor a una sola comunidad, sino nombrar el odio allí donde aparece, porque solo lo que se nombra puede ser confrontado. Al mismo tiempo, sostengo con la misma convicción que ninguna vida humana es descartable, y que toda violencia contra civiles, judíos o no judíos, nos interpela como sociedad y como humanidad.
Desde el Instituto Shalem promovemos el estudio serio de las tradiciones religiosas no para levantar muros, sino para comprender el profundo significado de cada una de ellas, y así, tender puentes y desactivar los discursos que deshumanizan. La historia nos ha mostrado con demasiada claridad hacia dónde conduce el silencio frente al odio.
Que la tragedia ocurrida en Sídney durante Janucá nos obligue a una reflexión más profunda:
No basta con condenar la violencia cuando estalla; es urgente cuestionar las narrativas que la normalizan antes de que se traduzcan en sangre.
Defender la vida, la dignidad y la convivencia no es una postura ideológica: es una responsabilidad ética. Y frente a la oscuridad, seguir afirmando la luz, en Janucá y en toda tradición que honre la vida, es, hoy más que nunca, un acto de resistencia moral.
Los recientes hechos ocurridos en Sídney, Australia, durante la celebración pública de Janucá, han conmocionado a la comunidad internacional. Según los reportes iniciales, un ataque armado tuvo lugar en el contexto de la festividad, provocando la muerte de varias personas y dejando a otras más heridas. Se trataba de un evento abierto, familiar, marcado por la luz, la memoria y la esperanza, valores centrales de esta celebración judía.
Más allá de los detalles que aún continúan bajo investigación, lo cierto es que vidas humanas fueron arrebatadas de manera violenta, y eso, por sí solo, constituye una tragedia que no puede ni debe relativizarse.
Uno de los aspectos más dolorosos de este tipo de hechos es su carácter indiscriminado. Las víctimas no eran combatientes ni representaban una amenaza; eran personas reunidas para celebrar, convivir y ejercer libremente su derecho a vivir su identidad, su fe y su humanidad.
Cuando la violencia irrumpe en espacios civiles y festivos, no solo hiere cuerpos: FRACTURA LA CONFIANZA SOCIAL, SIEMBRA MIEDO Y ROMPE LA IDEA DE QUE CIERTOS ESPACIOS DEBERÍAN SER INVIOLABLES.
El contexto: antisemitismo bajo investigación
Las autoridades australianas han señalado que el ataque podría tener una motivación antisemita, dado el momento y el lugar en qué ocurrió. Reconocer este contexto es importante, no para jerarquizar el dolor, sino para nombrar el odio cuando se manifiesta.
El antisemitismo, como cualquier otra forma de odio religioso, étnico o ideológico, no surge en el vacío. Se alimenta de discursos deshumanizantes, de la normalización del desprecio y del silencio frente a la violencia simbólica. Ignorar ese trasfondo no ayuda a prevenir futuras tragedias.
EL DOLOR NO ES EXCLUSIVO
Dicho esto con claridad, también es necesario afirmar algo con la misma fuerza: La violencia contra cualquier persona, por cualquier motivo, es inaceptable!
Ninguna vida vale más que otra. Ninguna muerte es más “comprensible” dependiendo de la identidad de la víctima. Condenar este ataque no significa cerrar los ojos ante otras violencias que ocurren diariamente en distintas partes del mundo, contra otros pueblos, religiones, géneros o comunidades.
El repudio debe ser universal, o corre el riesgo de volverse selectivo y, por lo tanto, moralmente frágil.
Tras los hechos, líderes comunitarios, religiosos y políticos han expresado su dolor y su solidaridad con las víctimas y sus familias. Muchos de estos mensajes coinciden en algo esencial: La urgencia de frenar el odio antes de que se convierta en sangre.
También han surgido testimonios de personas que estuvieron presentes, relatos de caos, miedo, pero también de ayuda mutua, de personas que protegieron a otras, que auxiliaron a desconocidos. Incluso en medio de la oscuridad, la capacidad humana de cuidar al otro sigue apareciendo.
Una reflexión necesaria: JANUCÁ ES LA FESTIVIDAD DE LUZ QUE RESISTE A LA OSCURIDAD.
Que un acto de violencia haya ocurrido en ese marco resulta profundamente simbólico y doloroso. Pero quizá precisamente por eso, la respuesta no puede ser más oscuridad.
Hoy más que nunca es necesario rechazar toda forma de violencia, sin matices oportunistas, sin jerarquías del sufrimiento, sin excusas ideológicas. Defender la vida, la dignidad y la convivencia no es una postura ingenua: es una responsabilidad ética.
Que la memoria de las víctimas sea un llamado a la conciencia.
Que el dolor no se convierta en odio.
Y que la luz de Janucá y de toda tradición que afirme la vida, no sea silenciada por la violencia porque más allá de credos, tradiciones o cosmovisiones, existe un punto de encuentro esencial entre las religiones y también entre quienes no profesan ninguna: LA VIDA HUMANA ES SAGRADA. El judaísmo, el cristianismo, el islam, las religiones orientales y muchas tradiciones ancestrales coinciden en algo fundamental: el otro no es un enemigo por ser distinto, sino un prójimo cuya dignidad debe ser respetada.
Cuando una persona es asesinada por odio, no solo se ataca a una comunidad concreta; se hiere el tejido moral que sostiene la convivencia humana. La violencia religiosa, como cualquier violencia ejercida en nombre de ideas, identidades o supuestas verdades absolutas, traiciona el sentido más profundo de la espiritualidad.
Desde una perspectiva interreligiosa, el desafío no es competir por el dolor ni monopolizar la memoria, sino convertir el duelo en responsabilidad compartida. Responsabilidad de educar, de dialogar, de frenar discursos que deshumanizan y de recordar que ninguna causa justifica la muerte de inocentes.
Que este momento de oscuridad sea también una oportunidad para afirmar lo que nos une: el valor de la vida, el rechazo al odio,
y el compromiso con una convivencia donde la diferencia no sea una amenaza, sino una riqueza.
Porque cuando una sola vida es violentada, TODAS LAS TRADICIONES QUE HONRAN LA VIDA ESTÁN LLAMADAS A ALZAR LA VOZ.
A las familias que hoy lloran a sus seres queridos:
No existen palabras suficientes cuando la violencia irrumpe y arrebata una vida. Ningún mensaje puede reparar la ausencia ni aliviar plenamente el vacío que deja una pérdida injusta y repentina. Aun así, es importante decirles que su dolor no es invisible y que la memoria de quienes partieron no quedará reducida a una estadística ni a un titular.
Sus seres queridos eran personas con nombres, historias, vínculos y sueños. Fueron arrancados de un espacio de vida, de celebración y de encuentro, y eso hace que la herida sea aún más profunda. Frente a esa injusticia, solo cabe el respeto, el silencio reverente y la solidaridad sincera.
Deseamos que encuentren acompañamiento, contención y que el recuerdo de quienes amaron siga vivo no a través del horror que los arrebató, sino a través del amor, la luz y la dignidad con la que vivieron.
Que la memoria de sus seres queridos sea siempre una bendición, y que ningún odio tenga la última palabra sobre sus vidas.
Con profundo respeto y solidaridad.
