Cómo el día más sagrado del calendario judío sobrevivió a la destrucción del Templo y transformó la expiación en un camino de responsabilidad personal
Juciane Festa
Fundadora & CEO Grupo Shalem
Cada año, al caer la tarde del 9 de Tishrei, el mundo judío entra en uno de los momentos más solemnes de su calendario: Yom Kipur, el Día de la Expiación.
Sin embargo, el Yom Kipur que conocemos actualmente es el resultado de una profunda transformación histórica.
Durante siglos, el centro de esta jornada no estuvo en la sinagoga. Tampoco consistía principalmente en largas horas de oración y ayuno. Su escenario era el Templo de Jerusalén, y su protagonista era el Kohen Gadol, el Sumo Sacerdote.
¿Cómo pasó Yom Kipur de ser un complejo ritual sacerdotal realizado en el Santuario a convertirse en una jornada dedicada a la introspección, la oración y el arrepentimiento?
La respuesta nos conduce a uno de los procesos más fascinantes de la historia del judaísmo.
Un día diferente a todos los demás
El capítulo 16 del libro de Levítico describe un ritual extraordinario.
Una vez al año, el Sumo Sacerdote podía atravesar los espacios más sagrados del Santuario y entrar en el Kodesh HaKodashim, el Santo de los Santos.
No se trataba simplemente de pedir perdón por los errores individuales.
El objetivo era mucho más amplio: purificar el Santuario, al sacerdocio y a la comunidad de Israel de las impurezas y transgresiones acumuladas a lo largo del año.
La Mishná, especialmente el tratado Yoma, conservaría siglos después una descripción minuciosa de esta jornada. El Sumo Sacerdote se preparaba durante siete días, realizaba sucesivas inmersiones rituales, cambiaba sus vestimentas y efectuaba una compleja secuencia de sacrificios, aspersiones de sangre, incienso y confesiones.
Todo debía realizarse correctamente.
Porque durante unas horas, simbólicamente, el destino espiritual de toda una comunidad parecía concentrarse en las acciones de un solo hombre.
Los dos machos cabríos y el peso de la culpa
Uno de los momentos más conocidos —y también más enigmáticos— del antiguo Yom Kipur era el ritual de los dos machos cabríos.
Mediante sorteo, uno era destinado a YHWH y sacrificado. El otro era enviado al desierto, “para Azazel”, después de que sobre él fueran confesadas simbólicamente las transgresiones de Israel.
De esta imagen procede, siglos después, nuestra expresión “chivo expiatorio”.
Pero el rito bíblico plantea una cuestión mucho más profunda.
¿Qué hace una sociedad con aquello que ha hecho mal?
El texto bíblico ofrece una respuesta ritual: la culpa no puede simplemente ignorarse. Debe ser reconocida, verbalizada y confrontada antes de poder ser apartada.
En este sentido, Yom Kipur introduce una de las grandes intuiciones religiosas de la Biblia: no existe verdadera renovación sin reconocimiento previo de la responsabilidad.
Cuando el Templo dejó de existir
En el año 70 de nuestra era, las legiones romanas destruyeron el Segundo Templo de Jerusalén.
El acontecimiento produjo una crisis religiosa de enormes dimensiones.
Sin Templo ya no había altar.
Sin altar no podían realizarse los sacrificios prescritos.
Y sin el Santo de los Santos, el Sumo Sacerdote ya no podía realizar el antiguo servicio de Yom Kipur.
¿Qué ocurriría entonces con el Día de la Expiación?
El judaísmo rabínico respondió a esta crisis con una transformación extraordinaria: el espacio de la expiación comenzó a desplazarse del altar hacia la persona y la comunidad.
La oración adquirió un lugar que anteriormente había ocupado el sacrificio. La confesión se convirtió en palabra pronunciada por cada individuo. El ayuno permaneció como expresión corporal de la solemnidad del día.
Y la teshuvá —literalmente, “retorno”— pasó a ocupar el centro de la experiencia.
El antiguo ritual no desapareció completamente. Su memoria quedó preservada dentro de la propia liturgia de Yom Kipur, especialmente en el Avodá, que recuerda el servicio realizado antiguamente por el Sumo Sacerdote.
De alguna manera, cuando la comunidad relata aquel ritual desaparecido, el Templo vuelve a existir por unos instantes en la memoria.
De la expiación colectiva a la responsabilidad individual
Pero la tradición rabínica introdujo además una distinción decisiva.
No todas las faltas pueden resolverse exclusivamente entre el ser humano y Dios.
Las transgresiones cometidas contra Dios pueden ser objeto de expiación en Yom Kipur. Pero cuando una persona ha perjudicado a otra, el día sagrado no sustituye la necesidad de reparar el daño.
Antes hay que acudir al otro.
Reconocer.
Pedir perdón.
Y, cuando sea posible, reparar.
Aquí aparece quizá una de las dimensiones más actuales de Yom Kipur.
No basta con sentirse arrepentido.
La espiritualidad bíblica y rabínica vincula el arrepentimiento con la responsabilidad.
El ayuno, por sí solo, tampoco garantiza una transformación. Ya el profeta Isaías cuestionaba un ayuno reducido al gesto religioso mientras permanecían la injusticia y la indiferencia frente al sufrimiento humano.
La pregunta de Yom Kipur no es únicamente:
“¿De qué me arrepiento?”
Es también:
“¿Qué estoy dispuesto a cambiar?”
El significado del ayuno
Durante aproximadamente veinticinco horas, quienes observan Yom Kipur se abstienen de comer y beber y suspenden diversas actividades de la vida cotidiana.
Pero reducir Yom Kipur a “un día de ayuno” sería perder su significado.
El hambre no constituye el objetivo.
Es un instrumento.
Durante un día, las necesidades habituales del cuerpo dejan de organizar nuestra existencia. Se produce una interrupción de la rutina que obliga al individuo a enfrentarse consigo mismo.
Yom Kipur crea, de alguna manera, un espacio vacío.
Un día sin trabajo.
Sin comida.
Sin las distracciones habituales.
Un tiempo dedicado a examinar aquello que normalmente evitamos mirar.
Kol Nidrei: comenzar reconociendo la fragilidad de nuestras palabras
La solemnidad comienza con uno de los momentos más conmovedores de la liturgia judía: Kol Nidrei.
Su nombre significa “todos los votos”.
Paradójicamente, Yom Kipur comienza hablando de palabras, promesas y compromisos.
Porque las palabras también crean obligaciones.
Prometemos.
Nos comprometemos.
Aseguramos que cambiaremos.
Y después descubrimos nuestra propia fragilidad.
Kol Nidrei coloca al ser humano frente a esa contradicción: la distancia que muchas veces existe entre aquello que decimos que seremos y aquello que finalmente somos.
Ne’ilá: cuando las puertas comienzan a cerrarse
Después de casi un día completo de ayuno y oración llega Ne’ilá, el último servicio de Yom Kipur.
Su nombre está relacionado con la idea de cerrar.
La tradición imagina las puertas celestiales abiertas durante estas horas y próximas a cerrarse al terminar el día.
La imagen posee una fuerza extraordinaria.
El tiempo no permanece abierto indefinidamente.
Existe un momento para reconocer.
Un momento para pedir perdón.
Un momento para reparar.
Un momento para regresar.
Finalmente suena el shofar.
Y el ayuno termina.
Pero quizá ese sonido no anuncia simplemente que podemos volver a comer.
Anuncia que debemos volver a vivir.
Yom Kipur: regresar diferentes
En la antigüedad, el Sumo Sacerdote entraba una vez al año en el lugar más inaccesible del Templo.
Hoy ya no existe aquel Santuario.
Pero la pregunta de Yom Kipur permanece.
¿Cuál es el lugar más difícil al que debemos entrar nosotros?
Tal vez sea nuestra propia conciencia.
Aquello que evitamos reconocer.
Una palabra que nunca debimos pronunciar.
Una persona a quien debemos pedir perdón.
Una relación que necesita reparación.
Una conducta que sabemos que debemos abandonar.
Yom Kipur no propone borrar el pasado como si nunca hubiera ocurrido.
Propone algo mucho más exigente:
mirarlo, asumirlo y decidir qué hacer con él.
Hace casi dos mil años desapareció el escenario en el que se celebraba el antiguo ritual de expiación. Sin embargo, Yom Kipur sobrevivió.
El altar se convirtió en memoria.
El sacrificio, en oración.
La confesión sacerdotal, en confesión personal.
Y el camino hacia el Santo de los Santos se transformó, de alguna manera, en un camino hacia el interior del ser humano.
Quizá por eso Yom Kipur continúa siendo uno de los días más poderosos del calendario judío.
Porque una vez al año nos recuerda que siempre existe la posibilidad de regresar.
Pero regresar no significa volver al mismo lugar.
Significa volver siendo capaces de vivir de otra manera.
